No sé si esto le pasa a todas o si soy yo. Pero todavía me cuesta decir que no. A los cincuenta años, eh. Todavía.
A veces lo digo tarde. Otras lo digo apurada y suena más duro de lo que quería. Y después me quedo dando vueltas pensando si quedé mal, si la otra persona se ofendió, si tendría que haber dicho que sí y listo. Les cuento esto no porque lo tenga resuelto — para nada. Les cuento porque estoy en eso, y capaz alguna está en la misma.
Durante mucho tiempo dije que sí a casi todo. A favores, a mensajes fuera de hora, a ese "¿te puedo pedir algo?" que siempre terminaba siendo más de lo que parecía. Y yo encantada, porque soy así: me gusta estar, me gusta armar, me gusta que cuenten conmigo. Pero llegó un momento en que el sí automático me empezó a pesar. No por falta de ganas — de ganas me sobran. Sino porque a fuerza de decirle sí a todo el mundo, me estaba diciendo que no a mí. El cuerpo pasó factura: dormía mal, andaba con la cabeza pesada, y me enojaba por cualquier pavada. Un día me vi cansada de mí misma y dije: algo tengo que cambiar.
De dónde viene esto
Y acá hay algo que quiero compartirles porque me parece que tiene que ver con cómo nos criaron. Las que crecimos en los 70, 80 — a nosotras nos enseñaron otra cosa. Nos enseñaron a complacer. A ser buenas, prolijas, disponibles. A no hacer lío. A que decir que no era ser difícil, era ser mala compañera, mala hija.
Yo miro a mi hija hoy y ella dice que no con una naturalidad que a mí me deja con la boca abierta. Para ella es normal. Dice "no puedo", "no quiero", "no me sirve" y no se muere de culpa después. Y yo la miro y pienso: qué bien. Pero también pienso: a mí nadie me enseñó eso. Yo lo estoy aprendiendo ahora, de grande, desarmando cosas que traigo de toda la vida.
Y me parece que ese escalón es enorme. Entre lo que se esperaba de nosotras y lo que nuestras hijas ya dan por sentado, hay un mundo. Haber podido cambiar algo de eso en una misma, aunque sea a los ponchazos, aunque sea tarde, para mí tiene un valor enorme. No lo digo con orgullo de logro. Lo digo con la honestidad de alguien que sigue peleándola.
Lo que a mí me va sirviendo
No tengo un método ni nada por el estilo. Lo que me pasa es que de a poco fui encontrando cosas que me ayudan. Por ejemplo, no contestar en el momento. Así de simple. Antes agarraba el teléfono y respondía al toque, y ya estaba comprometida. Ahora a veces dejo pasar un rato. Y en ese rato me doy cuenta de si realmente quiero o si estoy diciendo que sí por inercia.
También empecé a guardarme ciertos horarios. WhatsApp en silencio a la noche. Una tarde por semana que es mía. No lo cumplo siempre — hay semanas en que se desarma todo. Pero cuando me sostengo, llego más entera a lo que sí quiero hacer.
Y aprendí algo que me costó mucho: poner un límite no es dejar de querer. Es cuidar el vínculo para que no se convierta en obligación. Cuando digo que no con cariño, la mayoría lo entiende. Y cuando no lo entienden... bueno, eso también te dice algo.
No la tengo clara
Sigo equivocándome. Digo que sí y después me arrepiento. Digo que no y me queda culpa. En esos días vuelvo a lo simple: anoto lo que tengo en la cabeza, ordeno una esquina de la casa, salgo a caminar, apago el teléfono un rato. Cositas chicas que me recuerdan que yo también tengo voz en mi propia agenda.
Si están en la misma, me encantaría que me cuenten. No tengo la fórmula. Lo único que sé es que cuando digo algunos "no" a tiempo, mis "sí" valen más. Y eso, para las que nos criaron diciéndonos que sí a todo, es bastante.
— Totó
Si te sentiste identificada, escribime. Me encanta leerlas. Podés mandarme un mail a [email protected] o un mensaje por Instagram. No importa si es largo o cortito.
