Publicado el 03/11/2025 por Lucas tino
Todavía me cuesta decir que no. A veces lo digo tarde; otras, lo digo apurada y suena más duro de lo que quería. Pero estoy aprendiendo. No para ser “la experta en límites”, sino para estar un poco más en paz con mi día.
Durante mucho tiempo dije que sí a casi todo. A favores, reuniones, mensajes fuera de hora, planes cuando ya no me quedaba energía. Tenía miedo de quedar mal, de desilusionar, de que me tilden de egoísta. Y entonces me llenaba de compromisos que no podía sostener. El cuerpo pasó factura: sueño enredado, cabeza pesada, enojo que salía por cualquier lado. Un día me vi cansada de mí y pensé: algo tengo que ordenar.
Empecé chiquito. Antes de responder, respiro. Si puedo, no contesto en el momento. Me pregunto: ¿esto es prioridad hoy? ¿puedo mover otra cosa para hacerle lugar? ¿o estoy diciendo que sí por costumbre? Cuando la respuesta es no, intento decirlo claro y amable, sin mucha novela: “No llego”, “no puedo”, “hoy tengo un dia de locos”, “me encantaría, pero no”. Me sirvió tener esas frases listas. Me bajan la ansiedad.
También empecé a marcar horarios. WhatsApp en silencio a ciertas horas (genial la lunita del telefono encendida!), día sin reuniones cada tanto, una tarde reservada para cosas que postergaba siempre. No lo cumplo perfecto. Hay semanas en que se desarma. Pero cuando me sostengo, noto la diferencia: llego más entera a lo que sí quiero hacer.
Con las personas queridas aprendí algo importante: poner un límite no es dejar de querer. Es cuidar el vínculo para que no se convierta en obligación. Cuando digo que no con tiempo y con cariño, la mayoría lo entiende. Y cuando no lo entienden, por más que duela, también es información.
Decir que no no me volvió súper organizada. Sigo equivocándome. Digo que sí y después me arrepiento; digo que no y me queda culpa. En esos días vuelvo a lo simple: anoto lo que tengo en la cabeza, ordeno una esquina de la casa, salgo a caminar, apago notificaciones por una hora. Pequeñas decisiones que me recuerdan que también tengo voz en mi propia agenda.
Algo que me ayudó mucho fue separar “importante” de “urgente”. Lo urgente pide gritos. Lo importante es silencioso: descansar, comer mejor, estar con las personas que quiero, tener un rato para mí. Cuando lo urgente se come todo, el no parece imposible. Cuando hago lugar a lo importante, aparece espacio para elegir.
Si estás ensayando esto, bien!. Capaz te sirva probar con un límite chico esta semana: un horario sin mensajes, una reunión que no es necesaria, un favor que puede hacerlo otra persona, un plan para el que no tenés ganas. Decilo simple. Sin excusas largas. Y quedate cerca por si hace falta acompañar ese “no” con una explicación tranqui, breve y respetuosa.
No tengo la fórmula. Lo único que sé es que cuando digo algunos “no” a tiempo, mis “sí” valen más. Y me encuentro más presente en los momentos que me importan.
— Totó