En febrero cumplo 50. No lo digo como un título de película ni como un logro: es un dato. Pero a mí me mueve preguntas. Me encuentro pensando qué quiero sostener, qué quiero soltar y cómo quiero vivir esta etapa que llega sin ruido, pero llega.

No me siento “superada”. Tengo días buenos y días torpes. A veces me levanto con energía y a veces me cuesta arrancar. Lo que cambió, creo, es la manera en que me hablo cuando las cosas no salen perfectas. Antes me exigía sin piedad. Ahora intento ser más justa conmigo. No siempre me sale, pero lo intento.

Hay procesos que se notan: el cuerpo pide otras rutinas, el sueño se vuelve caprichoso, las hormonas conversan a su ritmo. También cambia la casa: hijos más grandes, silencios nuevos, tiempos distintos. Y cambia el trabajo, que me pide ordenar prioridades y aceptar que no puedo con todo. Ese “no puedo con todo” fue, para mí, una frase difícil. Me llevó años entender que no significa rendirse, sino elegir.

En este camino aparecen pequeñas decisiones que me ayudan: apagar el celular un rato, caminar media hora sin música, anotar lo que me preocupa para sacarlo de la cabeza, decir que no a lo que no suma. Y otra cosa: pedir ayuda. No como un gesto dramático, sino cotidiano. A veces una charla con una amiga ordena más que mil listas.

También reaprendí a estar en mi casa. No para mostrarla, sino para habitarla. Poner una mesa sencilla un martes, prender una luz cálida a la tarde, dejar una silla libre para leer, guardar lo que no uso. No descubrí ningún secreto: sólo me di cuenta de que el orden afuera me calma un poco el ruido de adentro.

Con las relaciones pasa algo parecido. Valoro las conversaciones sin apuro, las preguntas genuinas y las risas que no necesitan explicación. Me cuido de los vínculos que cansan. Y cuando me equivoco, pido perdón. No siempre a tiempo, pero cada vez más rápido.

¿Tengo miedos? Sí. Me da miedo perder salud, me asusta no estar a la altura de los cambios que vienen, me preocupa que el tiempo pase demasiado rápido. También tengo deseos: aprender cosas nuevas sin sentir que “ya es tarde”, viajar más liviana, sostener espacios de trabajo que me representen y cuidar a las personas que quiero sin olvidarme de mí.

Si estás cerca de los 50 y te pasa algo de esto, te entiendo. No tengo recetas. Lo único que me sirvió fue empezar por algo pequeño y sostenerlo: dormir un poco mejor, mover el cuerpo, ordenar un cajón, tomar agua, cancelar una obligación que no era obligación, decir una verdad con respeto. Un paso chico, pero real.

No sé cómo van a ser mis 50. Lo que sí sé es que quiero vivirlos despierta. Mirar de frente lo que duele, disfrutar lo que está bien y seguir aprendiendo sin vergüenza. Si todo eso me encuentra con más paz que antes, habrá valido la pena.

— Totó