Hay un momento que no te avisa. No hay un día exacto.
Empieza de a poco.
Primero son detalles: repetir una historia, olvidarse algo, necesitar ayuda con un trámite, llamar más seguido. Y sin darte cuenta… empezás a correrte de lugar.
Ellos, que siempre resolvían, empiezan a necesitarte.
Y ahí aparece algo difícil de acomodar: en nuestra cabeza, ellos siguen siendo los de antes.
Los que podían con todo. Los que sabían qué hacer.
Por eso duele tanto cuando aparece lo contrario. No es solo lo que pasa hoy. Es el choque entre lo que fueron… y lo que son ahora.
A veces me descubro esperando que reaccionen como antes. Que entiendan rápido. Que no necesiten ayuda.
Y cuando no pasa, me frustro.
No con ellos. Con la situación.
Porque una parte mía todavía los mira desde otro lugar.
En mi caso, todo esto se mezcló con algo que nos cambió de golpe. Mi papá falleció el año pasado, en un hecho de inseguridad.
Fue rápido. Sin tiempo.
No lo vivo desde la tragedia constante, pero sí como un golpe que dejó huella.
Con él siempre hubo distancia. Literal y emocional.
No lo cuento desde el reproche. Con el tiempo, algunas cosas se entienden. O se aceptan.
Pero cuando alguien se va así… queda todo mezclado: lo que fue, lo que faltó, lo que pudo haber sido.
Con mi mamá, el desafío es otro.
Tiene una cabeza fuerte, decidida. Muy de “yo puedo”. Pero hay momentos en que el cuerpo no acompaña.
Y eso le enoja.
Y acompañar eso… no es fácil.
Porque no es solo ayudar. Es estar cuando se frustra, cuando le duele no poder como antes.
Y a mí me parte.
Porque la entiendo.
Pero también veo lo que le cuesta.
Ahí aparece ese lugar incómodo: acompañar sin invadir, ayudar sin imponer, tener paciencia cuando la otra persona no puede aceptar lo que le pasa.
No siempre me sale bien.
A veces me impaciento. A veces no sé qué decir.
Y después entiendo: no es algo que se resuelve. Es algo que se atraviesa.
Con el tiempo entendí algo que me ayuda: no se trata solo de que ellos cambien.
Yo también tengo que actualizar la mirada.
Verlos como son hoy. Sin compararlos todo el tiempo con lo que fueron.
Porque en ese cambio… también hay una pequeña despedida.
Cuidar a los padres no es solo hacer cosas por ellos.
Es estar. Escuchar. Repetir. Sostener.
Y también aprender a no hacerlo sola.
Si estás en este momento, probablemente te pase algo parecido.
No hay una forma perfecta.
Solo esto: acompañar como podemos. con paciencia (aunque a veces falte), con amor (aunque venga mezclado con angustia y cansancio), y con una mirada más real… de quiénes son hoy.
Y como siempre, si querés contarme algo, escribime a [email protected] o por Instagram. Las leo todas. Gracias a las que escriben y comentaron en blogs anteriores! Eso para mí vale más que cualquier cosa. Gracias de verdad!
— Totó
