Hace unos años me di cuenta de algo bastante raro. Cada vez que me voy de viaje con amigas siento una mezcla de felicidad y culpa que me dura los primeros días. Felicidad porque me encanta viajar y porque sé que la voy a pasar bien, pero culpa porque una parte de mí siente que tendría que estar ocupándome de algo. De alguien. Como si descansar fuera un lujo y no una necesidad. Me pasa que me subo al avión (o a lo que me lleve) y todavía estoy pensando si quedó resuelto tal tema del trabajo, si los chicos estarán bien, si me olvidé de avisar algo, si habrá algún problema que podría haber prevenido antes de irme.
Y después pasan dos o tres días y empiezo a aflojar. Me doy cuenta porque dejo de mirar el teléfono cada cinco minutos. Porque me siento a tomar un café y no estoy pensando en lo que tengo que hacer después. Porque camino sin mirar la hora. Y parece una tontería, pero para mí no lo es. Porque gran parte de mi vida está organizada alrededor de responsabilidades. De cosas que dependen de mí. De personas que dependen de mí. Y la verdad es que durante muchos años me acostumbré tanto a vivir así que dejé de preguntarme cómo estaba yo.
Lo más curioso es que cada vez que me voy descubro exactamente lo mismo: todo sigue funcionando. La empresa sigue funcionando. La casa sigue funcionando. Los chicos siguen haciendo su vida. Y yo que pensaba que si me corría dos centímetros del tablero se caía todo. No se cae nada. Y no sabés el alivio que me da comprobarlo una y otra vez. Porque me recuerda que no tengo que sostener todo todo el tiempo.
También me pasa que cuando estoy lejos aparecen pensamientos que en la rutina no aparecen nunca. Capaz porque no hay espacio. Capaz porque una vive corriendo. Pero de golpe estoy caminando por una calle cualquiera o sentada mirando el mar y empiezo a pensar en cosas que tenía guardadas en algún rincón. Qué quiero hacer los próximos años. Qué cosas me entusiasman todavía. Qué cosas hago por costumbre. Qué cosas ya no tengo ganas de hacer más. No siempre saco grandes conclusiones, ni vuelvo transformada, ni tengo revelaciones espectaculares. La verdad es mucho más simple. Vuelvo habiéndome escuchado un poco más.
Y hay otra cosa que aprendí con los años. Disfrutar de un viaje sin mi familia no significa querer menos a mi familia. Durante mucho tiempo sentí que tenía que elegir entre una cosa y la otra. Como si disfrutar muchísimo estando lejos fuera una especie de traición. Y hoy sé que no tiene nada que ver. Me encanta viajar con Lucas. Me encanta viajar con mis hijos. Son viajes distintos y tienen recuerdos hermosos. Pero también descubrí que estos viajes tienen un lugar propio. Porque no soy la mamá de nadie. No estoy organizando horarios. No estoy pensando qué quiere hacer cada uno. No estoy ocupándome de que todos estén cómodos. Estoy simplemente siendo una más. Y eso, después de tantos años de estar pendiente de los demás, tiene algo muy reparador.
También ayuda mucho estar rodeada de mujeres que están viviendo cosas parecidas. Porque aunque cada historia sea distinta, las preocupaciones suelen parecerse bastante. Los hijos que crecen. Los padres que envejecen. Las parejas que cambian. El trabajo. El cansancio. Las preguntas sobre el futuro. Y de golpe te encontrás hablando tres horas seguidas en una sobremesa y te das cuenta de que no sos la única que siente determinadas cosas. Que otras también tienen dudas. Que otras también se equivocan. Que otras también están tratando de entender esta etapa de la vida.
Y creo que por eso vuelvo tan descansada. No porque duerma más horas. Ni porque haga menos cosas. Vuelvo descansada porque durante unos días aflojo. Bajo la guardia. Dejo de estar resolviendo problemas. Dejo de correr. Dejo de anticiparme a todo. Y esa pausa, que parece tan simple, termina siendo enorme.
Porque durante muchos años fui madre, fui esposa, fui hija, fui empresaria, fui sostén de un montón de personas. Y me encanta haber sido todo eso. Pero también es verdad que a veces una se pierde un poco en todos esos roles. Entonces estos viajes tienen algo que me hace bien. No porque me escape de mi vida. Al contrario. Me hacen volver con más ganas a mi vida. Más descansada. Más paciente. Más liviana de cabeza.
Y quizás por eso me gustan tanto. Porque me recuerdan que además de todas las personas que me necesitan, además de todas las responsabilidades que elegí tener y que quiero tener, también estoy yo. Y cada tanto viene bien volver a encontrarme.
Y como siempre, si querés contarme algo, escribime a [email protected] o por Instagram. Las leo todas. Y les cuento un secreto: los blogs anteriores me llenaron el corazón. Me escribieron un montón, me contaron sus historias, y eso para mí vale más que cualquier cosa. Así que gracias. De verdad.
Totó
