No fue de un día para el otro, pero hoy me doy cuenta de que las amigas, en esta etapa de la vida, son un sostén enorme. Y cuando pienso en eso, automáticamente aparecen las de siempre. Las del jardín, las del colegio, las que estuvieron desde que éramos chicas y la vida era otra cosa.
Con algunas crecimos literalmente juntas. Íbamos caminando al colegio, merendábamos mirando novelas en la tele, dormíamos en casas ajenas los fines de semana y hablábamos durante horas de cosas que hoy ni me acuerdo. Compartimos cumpleaños de 15, primeras salidas, primeros novios, peleas, reconciliaciones y esa sensación de que siempre había tiempo para todo.
Y después la vida empezó.
Cada una tomó su camino. Algunas estudiaron una cosa, otras otra. Algunas se casaron jóvenes, otras no. Algunas se fueron lejos. Otras siguieron cerca. Y aunque la vida le fue pegando distinto a cada una —las historias familiares, los padres, la economía, las oportunidades, los golpes— hay algo que quedó intacto: nos conocemos de verdad.
Con ellas no hace falta explicar demasiado. Hay miradas, códigos, formas de entendernos que vienen de toda una vida compartida.
Y también pasó algo muy lindo con nuestros maridos. Muchos se conocieron de adolescentes, porque eran novios de nuestras amigas o parte del mismo grupo. Con los años se hicieron amigos entre ellos también. Y sin buscarlo demasiado, terminamos creciendo todos juntos.
Después llegaron los hijos. Y fue muy fuerte entrar a esa etapa casi al mismo tiempo. De golpe nuestras conversaciones pasaron de salidas y trabajo a pediatras, jardines, noches sin dormir, actos escolares y cumpleaños infantiles todos los fines de semana.
Y mientras todo eso pasaba, la vida también me fue regalando amistades nuevas. Mujeres que aparecieron más de grande, muchas veces en los colegios de los chicos, esperando una reunión, una salida o un acto escolar. Y ahí, casi sin darte cuenta, empezás a encontrar personas con las que compartís algo profundo.
No son grupos enormes. Al contrario. Son pocas mujeres, pero muy importantes.
Mujeres con las que hoy comparto temas completamente distintos a los de hace treinta años. Hablamos de nuestros hijos grandes, de las universidades que eligen, de sus primeros trabajos, de sus relaciones, de cómo cuesta soltarlos cuando empiezan a irse de casa, de magnesio y menopausia😅.
También hablamos de los maridos, de cómo cambian las parejas con el tiempo, de las crisis, de las diferencias, de cómo sostener tantos años compartidos sin perderse una misma en el camino.
Y hablamos mucho de nosotras.
De la ansiedad. Del cansancio. Del miedo a la vejez. Del cuerpo que cambia. Del trabajo. Del dinero. De cómo queremos vivir esta etapa.
Nuestras salidas terminan siendo siempre una hermosa sesión de terapia. Una habla, las otras escuchan. Nos reímos y también lloramos. Y así vamos, acompañándonos sin querer tener razón todo el tiempo. Muchas veces no buscamos soluciones. Buscamos sentirnos entendidas y escuchadas
Y eso, a esta altura de la vida, vale oro.
También están los viajes. Algunos cortitos, otros más largos. Viajes donde logramos bajar el ritmo de verdad. Donde nadie nos pide nada por unos días. Nos reímos, cantamos, caminamos, dormimos, hablamos horas. Y siempre vuelvo distinta. Más liviana. Más descansada de cabeza. Feliz 😊
No son viajes “espirituales”. Pero tienen algo reparador.
Creo que las amigas, en esta etapa, son eso: un lugar donde una puede descansar un poco de todo lo que sostiene. Son refugio.
Y no importa si vienen desde la infancia o si aparecieron más tarde. Lo importante es sentir que hay mujeres alrededor tuyo con las que podés ser vos misma. Sin explicaciones. Sin pose.
Eso, hoy, lo valoro muchísimo.
Ellas son unos de mis bienes más preciados 🙌🏻
Y como siempre, si querés contarme algo, escribime a [email protected] o por Instagram. Las leo a todas. Y les cuento un secreto: los blogs anteriores me llenaron el corazón. Me escribieron un montón, me contaron sus historias, y eso para mí vale más que cualquier cosa. Así que gracias. De verdad.
— Totó
